Quienes han estado en presencia del Dalai Lama coinciden en algo que pocas veces aparece en los textos: su risa. No una sonrisa diplomática, sino una carcajada franca, a veces incontenible, incluso en los momentos más solemnes. Ese humor no es un rasgo de carácter ni una estrategia de comunicación. Es, para la tradición budista tibetana, una señal reconocible de una mente menos encadenada al yo.

“He enfrentado muchas dificultades a lo largo de mi vida, y mi país atraviesa un período crítico. Pero río con frecuencia. Cuando me preguntan cómo encuentro la fortaleza para reír ahora, respondo que soy un reidor profesional.”
DALAI LAMA, My Spiritual Journey (Harper Collins, 2010)
El enojo y su raíz
En el budismo tibetano, el enojo no se clasifica como una emoción que simplemente aparece. Es una de las seis aflicciones mentales raíz, y tiene una condición previa indispensable: el aferramiento al yo . Para que algo nos enoje, primero tiene que haber un “yo” que se siente amenazado, disminuido u ofendido. El enojo es, en este sentido, la reacción defensiva de una identidad que se cree sólida y permanente.
Shantideva, en el capítulo sexto del Bodhicharyavatara, ofrece una lógica tan precisa como desconcertante: si lo que defiendo cuando me enojo es mi “yo”, y ese “yo” no tiene existencia inherente, ¿qué es exactamente lo que estoy protegiendo? La pregunta no busca respuesta intelectual; busca producir una pausa en el mecanismo automático de la reactividad.
El humor como reconocimiento, no como evasión
El humor genuino (no el sarcasmo que encubre hostilidad) surge de ese mismo reconocimiento. Cuando la identificación con el “yo” se afloja, los golpes que antes habrían resultado hirientes pierden su blanco. Lo que antes era una ofensa intolerable se revela como lo que siempre fue: un acontecimiento en el flujo de causas y condiciones, sin la solemnidad trágica que nosotros le conferimos.
Esto no es indiferencia ni resignación. La práctica del Lojong (entrenamiento mental sistematizado en los versos de Langri Tangpa y los comentarios de Chekawa) trabaja precisamente sobre esta reversión: tomar los obstáculos como camino, convertir la fricción en material de práctica. El humor es una de las actitudes posibles ante esa reversión: la capacidad de ver la situación sin el dramatismo que el ego le añade.
Mudita: la alegría que no depende del ego
Entre las cuatro brahmaviharas o actitudes inconmensurables que el budismo cultiva, la alegría empática (mudita, en tibetano gawa) ocupa un lugar específico. No es la alegría que depende de que las cosas salgan bien para uno mismo, sino la capacidad de regocijarse en el bien de los demás y en la naturaleza misma de la existencia. Una mente cultivada en mudita tiende naturalmente hacia la ligereza porque no está monitoreando de manera permanente si el mundo la trata con justicia.
El enojo, por contraste, requiere un contable meticuloso: registra cada agravio, compara, evalúa, dicta sentencia. La alegría empática disuelve ese contable porque su lógica no es transaccional.
Práctica
El humor en este sentido no se adopta como impostura, sino como una manera genuina de estar en el mundo. Es una consecuencia natural de una práctica sostenida de reducción del aferramiento al yo. Por eso la risa del Dalai Lama no es un recurso pedagógico ni una política de imagen: es el signo externo de una mente en la que el “yo” pesa menos.
Cultivar esa ligereza es un camino largo y técnico. Pero la dirección está clara: cuanto menos nos identificamos con una identidad fija que debe ser defendida a toda costa, más espacio hay para que algo distinto al enojo emerja. Ese espacio, en sus mejores versiones, se parece bastante a la risa.