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El abono de la experiencia y el campo del Bodhi

Traducido de The Manure of Experience and the Field of Bodhi. The Collected Works of Chogyam Trungpa: Volume One, P. 302-311

¿Cómo dar a luz al bodhi, el estado despierto de la mente?


Siempre hay una gran incertidumbre cuando no se sabe cómo empezar, y parece que uno está perpetuamente atrapado en la corriente de la vida. Los pensamientos, las divagaciones, la confusión, y todo tipo de deseos, ejercen una continua presión. Si nos referimos al hombre de la calle, éste no parece tener ninguna oportunidad, porque nunca es capaz de mirar realmente en su interior; quizá hasta que lee algún libro sobre el tema y siente el deseo de adoptar una forma de vida disciplinada, e incluso entonces no parece haber ninguna oportunidad, ninguna manera de empezar. La gente suele hacer una distinción muy tajante entre la vida espiritual y la vida de todos los días. Se etiqueta a una persona de «mundana» o «espiritual», estableciendo una clara y estricta división entre los dos conceptos. Por eso, si uno habla sobre la meditación, la conciencia y la comprensión, la persona normal, que nunca ha oído hablar de estas cosas, obviamente no tendrá la menor idea y lo más probable es que no tenga el suficiente interés para escuchar correctamente. Y, debido a esta división, cree imposible dar el siguiente paso y nunca puede comunicarse de verdad consigo misma o con los demás de esta manera concreta. Las enseñanzas, las instrucciones, los escritos místicos pueden ser muy profundos, pero de alguna forma esa persona no es nunca capaz de penetrar en ellos, por lo que llega a una especie de vía muerta. O bien una persona tiene una «inclinación espiritual» o bien es una «persona mundana», y no parece haber modo alguno de atravesar el abismo que los separa. Creo que éste es uno de los mayores obstáculos para el nacimiento del bodhi. También sucede que personas que han empezado el camino tienen dudas y quieren dejarlo. Tal vez piensen que serían más felices si lo dejaran y permanecieran agnósticas.

Hay algo que no es lo suficientemente fluido, no se consigue relacionar una cosa con la otra, y eso es lo que nos impide dar a luz al bodhi. Por eso hay que estudiar este problema. Tenemos que proporcionarle al hombre de la calle alguna clave, alguna forma de descubrir, algún concepto que pueda entender y que esté relacionado con su vida y forme parte de ella. Por supuesto, no hay ninguna palabra mágica ni objeto milagroso que le pueda hacer cambiar de parecer de improviso. Ojalá fuera posible iluminar a alguien diciéndole unas pocas palabras, pero incluso los grandes maestros como Cristo o el Buda eran incapaces de obrar tal milagro. Siempre tenían que encontrar la ocasión apropiada y crear la situación adecuada. Si uno examina el carácter de una persona y estudia su bloqueo y sus problemas, siempre va más y más allá, porque intenta deshacer un nudo que ya está ahí, y llevaría siglos desenredar esta maraña y esta confusión. Así pues, tiene que acercarse desde otro ángulo y empezar de cero, aceptando sin más el carácter de esa persona, que puede tener una mentalidad completamente mundana, y luego escoger un aspecto concreto de su actividad o su mentalidad y usarlo como peldaño, como ancla, como vehículo, de forma que hasta el hombre de la calle pueda dar a luz al bodhi. Está muy bien decir que el Buda era una persona despierta y que continúa viviendo en su esencia y sus enseñanzas, que la ley universal lo impregna todo, y hablar del sangha, la comunidad más elevada y abierta que puede influir en las cosas. Pero la mayoría de la gente nunca podría pensar siquiera en refugiarse de esta manera. Por eso, de alguna manera tiene que encontrarse el procedimiento correcto. Y siempre se descubre que toda persona tiene en su interior un carácter especial. Se puede considerar que no tiene inteligencia ni personalidad, pero toda persona tiene de hecho su propia cualidad singular. Puede tratarse de una gran violencia o de una pereza desmedida, pero lo que tiene que hacerse es tomar esa cualidad concreta y no considerarla necesariamente como un defecto o un bloqueo, porque es el bodhi que hay en esa persona; es la semilla, o mejor, la capacidad total de dar a luz: esa persona ya está impregnada por el bodhi. Como dice un texto sagrado: «Como la naturaleza búdica impregna a todos los seres, no hay ningún candidato que no sea apto.»

Este texto sagrado se compuso tras la muerte del Buda, después del Parinirvana. En el mundo de los dioses y de los seres humanos todos empezaron a dudar si las enseñanzas del Buda permanecerían, porque parecía que ahora el maravillosos maestro se había ido y que lo único que quedaba era un grupo de monjes mendicantes que no parecían hacer mucho o que no eran capaces de hacerlo. Por eso uno de los discípulos se lamentaba y decía que ahora el mundo del samsara continuaría sin cesar, con sus olas de pasión, deseo, odio e ilusión; nunca tendremos ocasión de oír las enseñanzas y las instrucciones del Buda, estamos de nuevo sumidos en la oscuridad. ¿Qué podemos hacer? Y mientras se lamentaba llegaron las respuestas a su mente: que el Buda nunca había muerto, que su enseñanza está siempre presente y que el nacimiento y la muerte del Buda es sólo un concepto, una idea. De hecho, nadie está excluido, y todos los seres —todo el que posea conciencia, todo el que posea mente, o la mente inconsciente—, todos son candidatos al estado de bodhisattva, todos pueden convertirse en personas despiertas.

En este sentido, no hay algo parecido a una «doctrina secreta» o una enseñanza que sea sólo para unos pocos. Por lo que respecta a la enseñanza, siempre está abierta; de hecho, está tan abierta, es tan normal y tan sencilla, que está contenida en el carácter de cada persona concreta. Una persona puede estar habitualmente borracha o ser violenta, pero ese rasgo es su potencialidad. Y para ayudar a dar a luz al bodhi, en primer lugar hay que respetar el carácter de esa persona y abrir el corazón a su violencia. Después se debe entrar en ella de lleno y respetarla, de forma que el aspecto energético y dinámico de la violencia pueda transformarse y servir de aspecto energético en la vida espiritual. De este modo se da el primer paso y se establece el primer vínculo. Probablemente la persona se sienta muy mal, sienta que está haciendo algo mal o que algo no está lo suficientemente bien. Puede sentir que tiene mucha dificultad, que tiene un problema que quiere resolver. Pero no puede resolverlo, y probablemente en su búsqueda de solución se limitará a sustituir las actividades a las que ha renunciado por otras distintas. Por ello, es a través de cosas sencillas, directas y corrientes en la mente y el comportamiento de una persona como ésta puede llegar a la consecución del estado despierto de la mente.

Claro que esto no puede aplicarse de forma general. No resulta útil generalizar o intentar explicar conceptos filosóficos a una persona que está en este estado. Hay que estudiar su situación concreta, ese preciso momento de inmediatez. Y siempre hay una especie de vacío, una especie de chispa. Su carácter no se reduce a una sola cosa. Hay un comportamiento activo, más tarde pasivo, después de nuevo activo, que cambia continuamente, y el primer momento origina y da a luz al siguiente. Siempre hay un espacio entre estos dos periodos, y esto es lo que tiene que tomarse como punto de partida. Probablemente habrá que empezar con algún tipo de teoría, porque sin respetar el samsara, el mundo de la confusión, uno probablemente no podrá descubrir el estado despierto de la mente, el nirvana. Porque el samsara es la entrada, es el vehículo para llegar al nirvana. Por eso debería decirse que el carácter violento es bueno. Es algo maravilloso, algo positivo. Y entonces la persona empieza a darse cuenta de esto, aunque al principio pueda sentirse sorprendida y preguntarse qué tiene todo esto de bueno; pero si de alguna forma va más allá de la fascinación, empieza al menos a sentirse bien; y empieza también a darse cuenta de que no es sólo un «pecador», sino de que hay algo en él muy positivo. Sucede exactamente lo mismo cuando se practica la meditación. Una persona puede empezar a detectar sus propias debilidades. Puede que ocurra de una manera suave, en medio de divagaciones mentales o mientras se planea el futuro, pero empiezan a ocurrir ciertas cosas, y es como si uno estuviera sentado especialmente para reflexionar con cuidado sobre estas cosas más que para practicar la meditación. Gracias a esto se descubren ciertas cosas, y resulta muy valioso, porque se trata de una magnífica ocasión.

En los textos sagrados se dice a menudo que sin teorías, sin conceptos, ni siquiera se puede empezar. Así pues, hay que empezar con conceptos y después elaborar una teoría.

Después se consume la teoría, que va dando paso gradualmente a la sabiduría, al conocimiento intuitivo, y ese conocimiento enlaza finalmente con la realidad. Por eso, para empezar, se debería transigir con todas las cosas y no reaccionar contra ellas. Y si alguien quiere ayudar a otra persona, por ejemplo, hay dos maneras de hacerlo: una es cuando uno quiere ayudar a otra persona porque quiere que sea diferente, le gustaría que siguiera el camino de uno. En este caso se trata todavía de una compasión con ego, una compasión con objeto, una compasión, a fin de cuentas, con resultados que también van a beneficiarle a uno: no es una compasión auténtica. Esta manera de ayudar a otras personas puede ser muy buena, pero, no obstante, el impulso emocional de querer salvar el mundo y traer la paz, no es suficiente; tiene que haber algo más, tiene que haber más profundidad. Por eso hay que empezar respetando los conceptos y construir a partir de ellos, aunque, en realidad, en el pensamiento budista los conceptos se consideran normalmente como obstáculos. Pero un obstáculo no tiene por qué impedir nada. Es un obstáculo y es también el vehículo, lo es todo. De ahí que haya que prestar especial atención a los conceptos.

En el Sufra Lankavara se dice, si mal no recuerdo, que los granjeros inexpertos tiran sus desperdicios y compran abono a otros granjeros, pero los ya avezados siguen recogiendo sus propios desperdicios, a pesar del mal olor y de que es un

trabajo sucio, y cuando pueden utilizarse los extienden por

sus tierras, y gracias a eso cultivan sus cosechas. Ese es el modo experto de hacerlo. Exactamente de la misma manera, dice el Buda, los inexpertos separarán lo limpio de lo sucio y tratarán de tirar el samsara y de buscar el nirvana, pero los bodhisattvas expertos no tirarán el deseo y las pasiones y todo lo demás, sino que primero lo juntarán todo. Es decir, primero habría que reconocer y admitir todo eso, estudiarlo y llevarlo a la realización. De esa forma, el bodhisattva experto reconocerá y aceptará todas esas cosas negativas. Y en ese momento sabrá realmente que existen en él, y que aunque es muy difícil y antihigiénico, por así decir, seguir adelante, es la única manera de empezar. Después las esparcirá por el campo del bodhi. Una vez estudiados todos estos conceptos e ideas negativas, cuando llegue el momento ya no los conservará, sino que los esparcirá utilizándolos como abono. A partir de estas cosas sucias se origina el nacimiento de la semilla que es la realización. Así es como hay que dar a luz. Y la idea misma de que los conceptos son malos, o de que tal cosa es mala, provoca una división tajante, con el resultado de que ya no le queda a uno nada a lo que enfrentarse. Y en ese caso uno tiene que ser completamente perfecto o bien abrirse camino a través de todas estas cosas y tratar de eliminarlas. Pero cuando tiene esta actitud hostil e intenta suprimir las cosas, cuando uno se deshace de una, surge otra en su lugar, y cuando la ataca, aparece otra procedente de algún otro lugar. Es un truco constante del ego, de forma que cuando uno intenta deshacer una parte del nudo, tira de la cuerda y sólo consigue apretarlo por algún otro lado, así que siempre está atrapado. Por eso no hay que combatir contra ese tipo de cosas, no hay que intentar apartar las malas para quedarse sólo con las buenas, sino respetarlas y reconocerlas. Por ello, la teoría y los conceptos son muy buenos, como un abono maravilloso. A lo largo de miles y miles de vidas hemos estado recogiendo tantos desperdicios que ahora tenemos una extraordinaria riqueza en este abono. Lo contiene todo, así que debe de ser lo más útil, y sería una vergüenza tirarlo. Porque si uno lo tira, toda su vida hasta el momento presente, esos veinte, treinta o cuarenta años, se habrán malgastado. No sólo eso, sino que miles de vidas se habrán malgastado, con lo que uno tendrá cierto sentimiento de fracaso. Se habría derrochado todo ese esfuerzo y toda esa recogida, y uno tendría que empezar de nuevo desde el principio. En consecuencia, existiría un gran sentimiento de decepción, y más que haberse ganado algo, se habría producido una derrota. De ahí que haya que respetar el patrón de continuidad. Uno puede haberse separado del origen y puede haber ocurrido todo tipo de cosas, que no tienen por qué ser buenas; pueden ser, por el contrario, indeseables y negativas. En este punto hay cosas buenas y malas, pero esta colección contiene cosas buenas disfrazadas de malas y cosas malas disfrazadas de buenas.

Uno tiene que respetar el ejemplo fluido de todas sus vidas pasadas y la etapa de su vida presente hasta el momento actual. Se trata de un ejemplo magnífico. Hay ya una corriente muy fuerte formada por muchos afluentes que se juntan en un valle. Este río es muy bueno, con su poderosa corriente, por lo que en lugar de tratar de obstaculizarla habría que unirse a la misma para utilizarla. Esto no quiere decir que uno tenga que seguir recogiendo estas cosas siempre. Quien lo haga estará falto de conciencia y de sabiduría, no habrá entendido la idea de la recogida de abono. Podría juntarlo y reconocerlo, y al reconocerlo habría alcanzado cierto punto y entendería que este abono está listo para ser usado.

En las enseñanzas del tantra hay un relato sobre dos amigos íntimos que buscaban la verdad. Acudieron a un maestro, que les dijo: «No abandonéis nada, aceptadlo todo. Y una vez que lo hayáis aceptado, usadlo de la forma correcta.» Y uno de ellos pensó: «Bien, esto es maravilloso. Puedo seguir siendo como soy.» Así que organizó cientos de burdeles y cientos de carnicerías y cientos de tabernas, algo que en la India se consideraba propio de una persona de la casta inferior. Empezó a atender estos grandes negocios y pensó que era lo que se suponía que debía hacer. Pero el otro amigo pensó que eso no estaba bien y empezó a analizarse; y analizándose llegó a la conclusión de que ya tenía suficiente material y que no era necesario reunir más. No tuvo que realizar ninguna práctica concreta de meditación, sino que, aceptando la existencia del montón que había formado, alcanzó la iluminación, o al menos un cierto grado de realización, una especie de satori. Un día se encontraron los dos amigos y compararon sus experiencias. El primero no estaba despierto en absoluto; todavía estaba luchando y recolectando y haciendo todas esas cosas. De hecho, había caído en una trampa aún peor y todavía no había empezado a examinarse a sí mismo. Pero tanto el uno como el otro estaban convencidos de tener razón, por lo que decidieron ir a consultar al maestro. Y al que se había dedicado a los negocios, el maestro le dijo: «Me temo que tu camino es erróneo.» Este sintió tal decepción que sacó su espada y mató al maestro.

Existen estas dos posibles maneras de empezar, y quizá pueda darse cierta confusión entre ambas. No obstante, si una persona es lo suficientemente hábil, no ya inteligente, pero sí lo suficientemente hábil y paciente para examinar con cuidado su basura y estudiarla a fondo, será capaz de usarla. Por eso, volviendo al tema de los conceptos, que es un ejemplo muy importante, la idea que subyace es la de desarrollar un punto de vista positivo y reconocer la propia riqueza. Y cuando se han reconocido los conceptos e ideas de uno, deben cultivarse en algún sentido. Normalmente se intenta abandonarlos o deshacerse de ellos. Pero se deberían cultivar, no en el sentido de leer más libros y sostener más conversaciones y discusiones filosóficas (ése sería el otro modo, el modo del amigo que se dedicó a los negocios), sino sencillamente, ya que se posee suficiente riqueza, examinarla a fondo. De la misma manera que una persona que quiere comprar algo primero tiene que comprobar cuánto dinero tiene. También es como volver sobre su viejo diario de vida y estudiarlo, para comprobar las diferentes etapas de desarrollo, o como subir al desván y abrir todas las cajas buscando las muñecas y los juguetes viejos de cuando uno tenía tres años, mirarlos y al mismo tiempo examinar los recuerdos que despiertan. De esta manera se obtiene una comprensión total de lo que uno es, lo cual es más importante que estar continuamente creando. El objetivo de la realización no es sólo intentar entender el estado despierto y pretender no hacer caso del otro lado, porque eso acaba siendo una forma de engañarse a sí mismo. Uno es su mejor amigo, su amigo más íntimo, la mejor compañía para uno mismo. Cada uno conoce sus debilidades y sus incoherencias, sabe todo lo que ha hecho mal, lo sabe todo con detalle, por eso no resulta de ninguna ayuda pretender que no se sabe, o intentar no pensar en ese lado y pensar sólo en el lado bueno; eso significaría que uno aún está guardando su propia basura. Y si sigue almacenándola de esa manera nunca tendrá suficiente abono para obtener una cosecha en este maravilloso campo del bodhi. Por eso se debería examinar todo a fondo e incluso volver a la infancia, y por supuesto, si se tiene la inmensa habilidad para volver a las vidas anteriores, debería hacerse para tratar de entenderlas.

También hay un relato sobre Brahma que viene a cuento. Brahma llegó un día a escuchar la prédica del Buda, y el Buda le preguntó: «¿Quién eres tú?» Y por primera vez Brahma empezó a mirar y examinar en su interior (Brahma personifica al ego), y cuando lo hizo no pudo aguantarlo y dijo: «Soy Brahma, el Gran Brahma, el Supremo Brahma.» Así que el Buda le preguntó: «¿Por qué vienes a escucharme?» Y Brahma respondió: «No lo sé.» El Buda le dijo entonces: «Ahora mira en tu pasado.» Y Brahma, con su maravillosa capacidad para ver sus vidas pasadas, miró; y no pudo soportarlo. Se derrumbó y se echó a llorar frente al Buda. Entonces el Buda dijo: «¡Muy bien, muy bien, Brahma! Eso está bien.» Era la primera vez que Brahma utilizaba su maravillosa capacidad de mirar su pasado distante, por eso al fin vio las cosas con claridad. Esto no significa que una persona tenga que derrumbarse y sentirse mal, pero es muy importante comprobarlo y examinarlo todo a fondo para que no se quede nada sin explorar. Si se empieza por ahí, se obtiene una visión completa de todo el asunto —como una vista aérea que incluye todo el paisaje, todos los árboles, el camino y todo lo demás— sin que haya nada que uno no quiera ver.

También debe examinar cada uno sus temores y esperanzas. Si se teme a la muerte o a la vejez, debe analizarse. Si se siente uno molesto por la propia fealdad, o por cierta incapacidad o debilidad física de cualquier clase, también se debe analizar. Y también debería examinarse la imagen mental que tiene uno de sí mismo, y cualquier cosa con la que se sienta uno a disgusto. Al principio, cuando se mira y se examina a fondo, resulta muy doloroso, como mostró Brahma desplomándose, pero es la única manera de hacerlo. A veces uno alcanza un punto muy doloroso y le da vergüenza fijarse en él, pero aun así hay que hacerlo. Y profundizando de ese modo acaba uno adquiriendo un dominio real sobre sí mismo, obteniendo por primera vez un conocimiento cabal de sí mismo. Al mismo tiempo que hemos explorado los aspectos negativos, es probable que hayamos adquirido cierta idea sobre el lado positivo. Todavía no hemos alcanzado nada, tan sólo hemos iniciado la recogida de abono, y ahora tenemos que estudiarlo y ver cómo emplearlo.

Lo que ha hecho uno hasta ahora ha sido desarrollar este punto de vista positivo y adquirir así un cierto grado de comprensión: es lo que se conoce como teoría real. No deja de ser teoría, pero no hay que tirarla por la borda. De hecho, uno cultiva este tipo de teoría y sigue realizando un trabajo intelectual; racionalizando sólo hasta cierto punto, por supuesto, pero continúa con ese trabajo, sin relación con libros ni conversaciones. Tiene que ser una especie de contemplación y estudio de primera mano. Entonces la teoría de cada uno empieza a desarrollarse y adopta una forma propia. E inmediatamente empieza a descubrirse no sólo las cosas positivas que se han hecho, sino también el elemento del bodhi que está en uno mismo. Empieza uno a darse cuenta de que dispone de esta capacidad de crear una teoría tan maravillosa. En este punto, por supuesto, una persona suele sentir que ha alcanzado un estado de iluminación, un estado de satori, pero no es más que un error. Naturalmente, ante este primer descubrimiento, se siente una gran emoción, una gran alegría y felicidad, pero se tiene que seguir adelante. Así que una vez examinadas a fondo esas cosas, una vez que se han estudiado y explorado, uno encuentra que la propia teoría no se detiene, como se detiene la teoría ordinaria después de haber leído libros sobre filosofía, o textos sagrados, tanto vale. Esta teoría sí continúa. Hay una investigación constante, un constante descubrimiento. Claro que a veces esta teoría se para. Uno llega a cierto punto en el que siente fascinación por todo el asunto; busca con demasiada impaciencia, y entonces se detiene y no puede seguir adelante. Eso no quiere decir que se haya producido un derrumbamiento o un bloqueo, significa que se está forzando mucho una idea, que se está trabajando demasiado con la mente investigadora. Entonces hay que encauzarla de otra forma, sin impaciencia ni fascinación, sino yendo paso a paso. Como se dice en los textos sagrados: a paso de elefante. Hay que caminar muy despacio y sin emociones, pero con dignidad, paso a paso, como un elefante caminando por la selva.

La lucha continua puede ser muy lenta, pero Milarepa dice: «Apresúrate despacio y llegarás muy pronto.» A estas alturas la teoría ya no es teoría, es también una especie de imaginación, de forma que entran muchas cosas imaginarias. Y esta imaginación puede ser incluso una especie de alucinación, pero hay que seguir sin abandonar. No hay que considerarlo un camino equivocado, como si hubiera que volver al bueno. Lo que se está haciendo es emplear la imaginación; la teoría lleva a la imaginación, que es el inicio del conocimiento intuitivo. Entonces uno descubre que posee una gran energía imaginativa, de modo que se sigue adelante, gradualmente, paso a paso. En la etapa siguiente se llega justo más allá de la imaginación, y esto ya no es alucinación. Hay algo en nosotros muchísimo más real que la mera imaginación, aunque aún está coloreado por la imaginación, como delineado con este entorno imaginario que, sin embargo, tiene un contenido. Es como leer un libro para niños, por ejemplo; ha sido escrito para niños y es totalmente imaginario, pero no deja de tener un contenido. A lo mejor el escritor está simplificando su experiencia, o intenta ser inocente, para que se encuentre algo en ella. Pasa lo mismo con toda historia, en ese sentido. Y esa imaginación no es sólo alucinación, sino imaginación real. Si se vuelve a mirar la teoría, o si se remonta a los primeros pasos que se dieron, pueden parecer un poco cansados o incluso innecesarios, pero no es así. No se ha malgastado el tiempo.

Se ha esparcido el abono muy uniformemente en todo el campo y ahora ha llegado el momento de sembrar y esperar a que crezca la cosecha. Esa es la primera preparación, y ahora uno está listo para descubrir, y ese descubrimiento ya ha empezado a producirse. Hay muchas preguntas que a uno le gustaría hacer y quedan muchas dudas pendientes. Pero en esa etapa, en realidad, no hace falta hacer preguntas en absoluto, tal vez lo que uno necesita es simplemente otra persona que le diga que eso es así, aunque la respuesta esté ya en uno mismo. La pregunta es como la primera capa, como la piel de una cebolla: cuando uno la quita aparece la respuesta. Es lo que el gran lógico y filósofo del budismo, Asanga, describía como la «mente intuitiva». En la mente intuitiva, si se estudia la lógica auténtica, se descubre que las respuestas —y la actitud del adversario— están en uno mismo. Así pues, es necesario buscar la respuesta, porque la pregunta contiene en sí misma la respuesta. Se trata de penetrar en ella en profundidad; ése es el auténtico sentido de la lógica. En esta etapa uno ha alcanzado una especie de sentimiento; la imaginación se convierte en una especie de sentimiento. Y con ese sentimiento es como si uno hubiera llegado a la entrada.

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