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Con el ‘mindfulness’ he conseguido meditar sin parecer un jipi

Por SERGIO C. FANJUL

Yo, como tantos, ando muy mal de la olla: fusilado por las notificaciones de las redes sociales, emails y ‘whatsapps’. Así me convertí en un maestro zen (más o menos)

Yo ando muy mal de la olla, y quién no, si vivimos fusilados por las notificaciones de las redes sociales, los emails y los ‘whatsapps’, y luego resulta que cuesta mucho llegar a fin de mes, y los malos van ganando, y se calienta el globo, y condenan a prisión por tuitear, y viene una ola de frío que nos congela desde los dedos de los pies hasta el propio entendimiento. Y al final, pase lo que pase, todos vamos a morir. Así que la ansiedad y la depresión, en las llamadas sociedades desarrolladas, campan a sus anchas: en el Estado del Bienestar se está regulero, tirando a mal.

¿Qué hacer? Buena parte de la población se pone ciega a benzodiacepinas y todo tipo de ansiolíticos y antidepresivos, y hace muy bien: ¿A quién no le ha apaciguado una pastilla mágica ese puercoespín que gira en el estómago? Pero hay que hacer más cosas, que no todo va a ser echarse la psicofarmacología al gaznate.

Entre esos otros quehaceres contra el agobio vital está el deporte, los viajes, las peleas de bar y una creciente oferta de métodos y terapias para apaciguar el espíritu. Yo, cansado del cotidiano pildorazo, y habiendo sido en mi infancia fiel seguidor de David Carradine en la serie Kung Fu, elegí la meditación, que ahora, en Occidente, despojada de olor a incienso y trapos naranjas, se ha dado en llamar mindfulness, un nombre que, en efecto, da grimilla. De hecho, ya de chaval me había acercado a estos asuntos a través de los textos contraculturales de Alan Watts, el maestro Suzuki o incluso Luis Racionero, en su época de jipi de camisa oriental. Pero no lo había puesto en práctica: al principio de la veintena sabía encontrar soluciones más juveniles para mis rampantes angustias.

Lo bueno de esta meditación secularizada (y aquí ya me pongo en plan Richard Gere o David Lynch, cuando no paraban hacer proselitismo de todo esto) es que no contiene elementos religiosos, esotéricos o sobrenaturales, con lo cual es apta para las mentes más científicas, escépticas y racionalistas. Ni siquiera es una de esas terapias de corte psicoanalítico que implican chapotear en los lodos de la infancia o de nuestras relaciones con los demás: hay quien piensa que esto es algo así como estilizar, literaturizar la propia vida y hacernos protagonistas de nuestra propia y dramática novela vital, he ahí gran parte de su atractivo. A otros les va muy bien.

Nunca estamos en lo que estamos. Es posible que el aquí y el ahora desaparezcan en los próximos años, el espaciotiempo se desteja, y el Universo se derrumbe como un diente de león cuando le soplas

La meditación, en cambio, consiste simplemente en estar aquí y ahora, no vaciando la mente (cosa imposible) sino dejando a los pensamientos y emociones ir y venir, como mirándolos desde lejos, como si no fueran con nosotros. Esa es la existencia en estado puro, la del pez desmemoriado que boquea en la pecera: vivir en el ahora mismo. La cosa también tiene su interés, y es normal que ahora tenga éxito, porque cada vez vivimos más en otro tiempo y en otra parte, ensartados de miles de estímulos que nos impiden concentrarnos. Dijo no sé quién que el mayor problema del ser humano es que no sabe estar sentado en una silla, quieto y en silencio, así que no le queda más remedio que hacer la guerra y cosas así. Sobre todo ahora que hay smartphones, añado yo: nunca estamos en lo que estamos. Es posible que el aquí y el ahora desaparezcan en los próximos años, el espaciotiempo se desteje, y el Universo se derrumbe como un diente de león cuando le soplas.

Formas de meditar hay muchas, pero la más difundida es esa que consiste en concentrarse en nuestra propia respiración, inspiración, exhalación, sístole, diástole. Yo me he iniciado, paradójicamente, con una aplicación informática llamada Headspace: utilizo la misma tecnología que me hace la mente picadillo, el iPad, para apaciguar mi mente, toma ya. Supe de Headspace cuando vi una charla TED de su fundador, Andy Puddicombe, un simpático británico que además de meditar estudió circo, está bastante musculado y sabe hacer malabares. Su historia tiene su aquel: de chaval la vida le iba muy mal, entre alcohol, muertes y tragedias, así que se fue al Himalaya a hacerse maestro en meditación budista. Allí estuvo diez años, respira que te respira, y volvió como nuevo, dispuesto a enseñar la meditación a la gente, y a los famosos occidentales (como Gwyneth Paltrow o Emma Watson, que son sus clientes). Solo oír su melodiosa voz saliendo del iPad ya me tranquiliza.

Tuve la oportunidad de entrevistar a mi gurú Puddicombe para este mismo periódico y le conté que lo que más me fascinaba de la meditación es cómo, cuando uno trata de poner la mente en una cosa como la respiración, se hace evidente ese carácter burbujeante del pensamiento. A mí la mente me recuerda a cuando estoy preparando lentejas al chup chup: uno está tan tranquilo y de pronto le brota el recuerdo de un compañero del colegio en el que no pensaba hace 15 años. O recuerda cuando a los cuatro años pegó un moco en el ascensor de casa. O le asalta un fotograma de Pulp Fiction. O unas palabras de J.F. Kennedy, o un asunto de trabajo, o una escena porno. El cachopo que te comiste el otro día. Cuando uno medita observa todas esas lentejas moverse en ebullición y presentarse ante uno, que esta mirando su propia mente, y volver a desaparecer en ese potaje que deben llamar subconsciente. Pero nadie, me dijo Puddicombe, sabe por qué la mente no puede parar nunca de trabajar (por otro lado tampoco el corazón o los pulmones lo hacen), nadie sabe por qué no podemos desconectar el tarro un ratito y dejar de preocuparnos por lo que nos rodea. Solo podemos ver la película pasar y, en su caso, concentrarnos en una actividad que, al menos, focalice todo ese caos que llevamos dentro del cráneo de un lado para otro. El Tetris, el punto de cruz, rezar el rosario. Meditar.

Total, que así, con mucha práctica y tesón se convierte uno en un maestro zen y alcanza el espacio mental y la serenidad para manejarse por la vida como debe de ser, sin agobios ni malos rollos innecesarios. Yo estoy en ello. Todavía no me he rapado la cabeza. Y ahora, por favor, no me distraigan más.

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