¿Cuánto tiempo te queda?
La transitoriedad
«Los tres reinos son efímeros como las nubes de otoño.
Los nacimientos y las muertes de los seres son como un espectáculo de bailes.
Parpadeante como un relámpago en el cielo, la duración de la vida de los seres
corre velozmente cual catarata por una escarpada ladera.»
Para comprender la transitoriedad correctamente, debemos reconocer que todos vamos a morir. Lo sabemos pero tendemos a ocultarlo, esperando que no nos ocurra. Nuestra conciencia de la certeza de la muerte y la esperanza de ser la única excepción desemboca en la pereza; la pereza surge cuando hay alguna esperanza de que o bien podemos ignorar la muerte o bien no tenemos que pasar por ella cuando nos llegue el momento. La pereza impide utilizar las preciosas cualidades humanas. El antídoto para éstas y otras tendencias habituales es la contemplación de la transitoriedad: manteniendo la mente en el recuerdo de la no permanencia, podemos ver que todas las cosas a las que nos apegamos o con las que nos encariñamos están sujetas al cambio.
La gran impermanencia de la muerte
Buda enseñó que la muerte es consecuencia de la vida. De la misma manera, la enfermedad aparece donde hay salud, la vejez donde hay juventud, la destrucción donde hay construcción. Esta lógica establece la ley de la existencia misma y los meditadores deben ponerlo en práctica además de comprenderlo.
El hecho de la muerte no puede ser negado. Incluso los individuos dotados de una preciosa existencia humana están sometidos a la transitoriedad y a la muerte. No importa lo lejos que viajemos en las diez direcciones, no encontraremos a nadie que no lo haya experimentado. La mente más sencilla comprende que nada permanece igual. Hay una constante generación, degeneración, transformación y cambio. Todas nuestras experiencias —de gente, lugares y otros fenómenos exteriores, al igual que pensamientos y sensaciones internas— son transitorias. Una mente que no lo comprende, conforma la base de la distracción y de las pautas habituales.
Se necesita una auténtica sensación de urgencia para aprovechar este preciso instante y hacer que nuestras cualidades den fruto. Para ello, debemos tener cierta experiencia de la no permanencia. Reflexionar sobre la transitoriedad de todos los fenómenos debería provocar una sensación de miedo, no un miedo paralizante que nos impida ejercitar las tendencias positivas o llevar a resultado nuestro potencial, sino un auténtico sentido de urgencia frente a la fugacidad.
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Vemos que cada movimiento es un paso más hacia la muerte. Acciones sencillas como comer, caminar o sentarse nos acercan más a la saturación de dichas experiencias y a la muerte. Posiblemente pensemos que la duración de una vida humana es de setenta u ochenta años pero, cada mes, y cada año, marcan el paso del tiempo. Además, independientemente de lo que pueda durar la vida, la muerte puede golpear en cualquier momento. Podríamos contabilizar el tiempo transcurrido y el tiempo que queda pero, aunque estuviésemos seguros de que efectivamente nos queda mucho, cada minuto que pasa, nos queda menos y no podemos aumentar el plazo. Teniendo en cuenta que el tiempo pasa y la vejez se aproxima, que es realmente cuando experimentamos la transitoriedad, ¿por qué seguimos distrayéndonos y dudando?
En el momento de la muerte, cuando miremos atrás, la experiencia de la vida nos parecerá un sueño y, como ocurre con los sueños nocturnos, nos parecerá inútil haber invertido tanto esfuerzo en él. El miedo que experimentamos en un sueño desaparece cuando despertamos. Habernos asustado ¡no ha sido más que un esfuerzo innecesario que nos ha hecho perder el sueño! En el momento de la muerte, cuando miremos atrás, nos parecerá igualmente un derroche de energía el tiempo que hemos pasado sumidos en la vacilación, la agresión, la ignorancia, el egoísmo, los celos, el odio, la auto preservación y la arrogancia. Por lo tanto, seamos capaces de percibir estos pensamientos y conceptos como sueños. En esta existencia ilusoria, ¿qué lógica, si la hay, se esconde tras la obstinación, la distracción, la vacilación o las emociones habituales de agresión, deseo, egoísmo o celos? ¿De qué sirve engancharse a esta emociones inútiles en un contexto de no permanencia? La transitoriedad es la naturaleza de todas las cosas.
Meditación
Comienza la meditación con la conciencia de que, incluso la tierra sobre la que estás sentado, está sujeta al cambio. Cuestiónate si alguna vez has visto o encontrado un ser sobre o bajo la tierra que no haya experimentado la muerte. Si la respuesta es no, permanece en meditación con la conciencia de que tú también experimentarás la transitoriedad. Incluso tu opinión y tu visión así como el esfuerzo que inviertes en pensar en las cosas, sean beneficiosas o no, distraídas o conscientes, es efímera. Siempre que puedas, contempla la transitoriedad y la muerte de todas las cosas, dentro y fuera de ti.
A continuación, piensa en todo el tiempo perdido en distracciones, falta de atención, dudas y sopor o incluso esperando a que lleguen las circunstancias apropiadas. Añade el número de años que ya han pasado y le número de años que pasarán en semejantes estados en el futuro. De hecho, ¿cuánto tiempo te queda para darte cuenta de que esta vida es un sueño?
- Fragmento del libro “Esta preciosa vida”, de Jetsün Khandro Rinpoche, Editorial Chabsöl, Págs. 61-65
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- Khandro Rinpoché impartirá enseñanzas en México del 18 al 21 de Julio de 2013, más información (da clic aquí).








