Amor verdadero: es el deseo de que el otro sea feliz.

On 14 febrero, 2012

Por @nuberrante.

El Dalai Lama escribe en Los siete pasos hacia el amor: ”La compasión y el interés por los demás son las verdaderas fuentes de felicidad. Si las tienes, no te afectarán ni las circunstancias más incómodas. Pero si alimentas el odio no serás feliz aunque vivas rodeado de lujos. Por tanto, si realmente queremos felicidad, debemos ampliar la esfera del amor. Es una cuestión tanto de pensamiento religioso como de sentido común.”

El apego es un falso amor.

[En el budismo, el "Apego" es la traducción más usada de la palabra sánscrita tŗşņā (trisna), que significa literalmente sed y también puede ser traducida como deseo, codicia, anhelo. La causa de duḥkha  (sufrimiento) es tŗşņā].

Lo que nosotros experimentamos y entendemos por amor, la mayoría de las veces, tiene más ingredientes de desamor, conflicto y sufrimiento de lo que nos damos cuenta. El apego distorsiona el amor. Nuestra cultura entera está cernida en este remolino enfermo que pensamos (y exigimos) que es amar: el cine, la televisión, la música, las revistas de moda, las redes sociales, están hechas para públicos sedientos de este amor ficticio. Nuestro mismo entorno, como el día de hoy, 14 de febrero “el día del amor y la amistad”, nos vendemos hasta la esquizofrenia el concepto del AMOR; lamentablemente de forma errónea. En este contexto amar es desear, celar, poseer; es la ilusión de que otras personas pueden satisfacer todos nuestros deseos y demandas egoístas; es la falsa certeza de que una persona o las cosas o una circunstancia pueden hacernos felices para siempre. Esto nos han enseñado desde la infancia, lo hemos mamado desde que somos bebés, y nos hemos hecho expertos en la escuela (“y vivieron felices para siempre…”). Y así vivimos, creyendo que sólo esto es el amor:

«Con esta clase de amor, mientras la otra persona nos parezca bella o buena, la seguiremos amando, pero tan pronto la veamos menos bellas o buenas, nuestro amor cambiará totalmente. Aunque creamos que alguien es nuestro entrañable amigo y le amemos mucho, a la mañana siguiente la situación puede cambiar totalmente. Aunque siga siendo la misma persona, la vemos como a un enemigo.»

—Dalai Lama, Daniel Goleman y otros, Mundos en armonía, El viaje interior, Diálogos sobre la acción compasiva, Editorial Piadós Mexicana, S.A. Grijalbo, España, 2001, p. 176.

Amar de esta manera es un error de percepción. Sucede muy a menudo que cuando —y esto siempre lo pensamos— por fin encontramos a la persona ideal, ella o él se convierte en nuestra fuente de felicidad. Sin embargo, cuando hemos llegado a conocer a esa persona a fondo, nos damos cuenta que nos hemos equivocado. Esa persona no personifica todas mis expectativas, no es lo que estaba buscando. Entonces decimos que esta persona nos ha decepcionado y sufrimos. Es nuestra culpa. El apego es una falsa experiencia del amor y la gran responsable del doloroso y aflictivo final de muchas de nuestras relaciones afectivas. Y entonces creamos un ciclo vicioso que compulsivamente impregna nuestra manera de relacionarnos con el mundo. Nos convertimos en prisioneros del deseo y buscamos perpetuar nuestra ficción, buscamos otra persona, cosa o circunstancia, que encaje con nuestra neurosis. Todo apego es ilusión:

«La segunda verdad noble del Buda es la de las causas del sufrimiento. Fundamentalmente la del apego, que es el crónico desconocimiento de la realidad que no tan sólo ignora el conocimiento de las cosas como son, sino que a su vez proyecta e imputa cualidades sobre objetos y personas que no les corresponden. La equivocada cognición de lo impermanente como permanente; de aquello que depende de partes y condiciones y es visto como sólido e independiente; de lo que es en realidad fuente de dolor y no obstante es visto como fuente de placer. La expresión más esencial de esta ignorancia prenatal, es la que nos lleva a construir y defender el sentido de un “yo” separado y autónomo, distinción que eventualmente desembocan en las experiencias de odio, deseo, orgullo, así como de muchos otros pensamientos y emociones que destruyen nuestra felicidad y envenenan nuestras vidas y las de los otros.»

—Marco Antonio Karam, Presidente de Casa Tíbet México, febrero del 2011, Seminario de introducción al budismo.

Las cualidades fantasiosas que proyectamos sobre los objetos, situaciones o personas por quien sentimos tanto apego son creadas en nuestra propia mente. Tenemos una resistencia enferma a creer que ellas no existen independientes de nuestras proyecciones:

«El sueño de la razón produce monstruos.»

—Francisco Goya.

«Todo lo que somos es el resultado de lo que hemos pensado; está fundado en nuestros pensamientos y está hecho de nuestros pensamientos.»

—Sidarta Gautama, el Buda histórico.

Cuando el Buda habló del sufrimiento, quería decir que la experiencia de la vida es insatisfactoria. Ni (siquiera) la felicidad que tenemos es duradera, y esa situación no es satisfactoria. La razón fundamental reside, no en el entorno exterior y quienes lo habitan, sino en nuestra propia mente. Las emociones perturbadoras son el verdadero origen de la infelicidad, nosotros las creamos.

Contrario a esto, Thich Nhat Hanh, erudito maestro budista, asegura que el verdadero amor debe comprender de cuatro aspectos escenciales, mismos que pueden ser practicados asiduamente para convertir el apego en una experiencia real de amor:

  • Bondad incondicional o benevolencia. Capacidad de dar alegría y felicidad a la persona que amas. Aprender  a observar a quién amamos porque si no la comprendemos no la podremos amar. La comprensión es la esencia del amor. Dedicar tiempo a estar presente y atento y observar profundamente. A eso se le llama comprensión.
  • Compasión. Deseo y capacidad de aliviar el sufrimiento de otra persona. Para conocer la naturaleza de su sufrimiento y ayudarla a cambiar, también hay que observarla profundamente. Para eso es necesaria la meditación. Meditar es observar a fondo la esencia de las cosas.
  • Alegría. Si en el amor no hay alegría, no se trata de verdadero amor. Si estamos sufriendo y llorando todo el tiempo o si se hace llorar a la persona que amamos, eso significa que no se trata de un verdadero amor, incluso puede llegar a ser lo opuesto a él. Si en la relación de pareja no hay alegría, seguro que no es un verdadero amor.
  • Ecuanimidad y libertad.  El verdadero amor hace alcanzar la libertad. Cuando se ama de verdad se le da al otro una absoluta libertad. Si no es así, no se trata de un verdadero amor. El otro debe sentirse libre, no sólo por fuera, sino también por dentro.

(Thich Nhat Hanh, El verdadero amor, Prácticas para renovar el corazón, Editorial Oniro.)

Y esto incluye a todos los seres vivos por igual, nosotros mismos, los animales, la naturaleza, nuestra familia, aquellos a los que conocemos y aquellos que no conocemos, nuestros enemigos e incluso las personas que nos hacen daño.

Para poder potenciar este sentimiento debemos comenzar con cosas primarias: estar presentes, dar el tiempo, vencer el orgullo, ser receptivos y escuchar con atención, aprender de nuevo a hablar con afecto, ocuparnos de nuestro propio sufrimiento, estar abiertos al cambio. Si aprendemos a discernir entre el amor y el apego y ampliamos este sentimiento desinteresado más allá de los límites, el amor se libera de la aflicción mental.

No podemos confundir desapego con desinterés por la vida. Desapego es tener la capacidad de relacionarse con sanidad mental, y se traduce en más espacio, flexibilidad y libertad. Desapego no es estar aislados del mundo. Al contrario, cuanto más desapegados somos, más responsabilidad tenemos sobre nuestros actos (lo que pensamos y decimos cuenta). Esto es, cuando nos responsabilizamos por nuestros sentimientos, liberamos al otro de nuestras fantasías insaciables. Y al paso nos comprometemos con el proceso de auto-descubirmiento y aumentamos el respeto por el otro. Este amor verdadero exime al otro (y al mundo) de las neurosis de nuestro apego. Amar, entonces, se convierte en el deseo genuino deseo de que el otro sea feliz.

Sólo en la medida en que seas capaz de ver
a alguien tal como realmente es,
aquí y ahora,
no como es en tu memoria,
en tu deseo o tu imaginación,
sólo así podrás realmente amar.
— Shantideva.

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